Por Miguel Maniero Universidad Nacional de Cajamarca
En el primer libro de la Política, Aristóteles analiza los "mecanismos" de la
administración doméstica, la oíKOJ/o¡.tlá, poniendo especial interés en las
diferentes clases de mando: la del marido sobre la esposa, la del padre sobre
el hijo, y la del amo sobre el esclavo (Pol1253b8ss). El mando que ejerce el
amo sobre el esclavo recibe el nombre de despotismo, palabra derivada del
griego JErnróT7jOi amo, y ha de entenderse todavía sin las connotaciones
estrechamente políticas que hoy en día conlleva el término: esto es, de tiranía
estatal, de presuntuoso abuso del poder, etc. Para denominar las otras dos
formas de mando doméstico falta una terminología adecuada, le parece a
Aristóteles, definen la condición de la relación entre los individuos en cuestión,
pero no la condición de mando de uno sobre otro dentro de la misma.
Aristóteles tiende a explicar y justificar casi la forma de mando que existe
entre amo y esclavo. Dentro de esta relación despótica, el esclavo se define
como "alguien que, siendo ser humano, no se pertenece por naturaleza a sí
mismo, sino a otro" ser humano (Pol1254a13ss).2 Esta forma de pertenecerle
a otro ser humano, Aristóteles la explica como una relación asimétrica de
posesión por parte del amo. ¿Qué es una relación asimétrica de posesión?
Aristóteles define la posesión (~(fl;) como una parte específica de la propiedad,
a saber, los instrumentos3 que 1 Gigon 1997: 277 (nota a Poi 1260b13-20)
remite a testimonios antiguos según los que también pueden haber existido
unos tratados aristotélicos especializados sobre estas dos formas de mando
desatendidas aquí.
La relación de de posesión sea asimétrica, le consta a Aristóteles, porque el
dueño de un instrumento puede bien, aunque tal vez menos cómodamente,
vivir sin estos instrumentos; estos instrumentos poseídos en cambio no pueden
existir plenamente como tales sin ser usados por su dueño. Pertenecen, por
lo tanto, de una manera tan íntima a su dueño que prácticamente forma parte
de él. Para ilustrar esta relación asimétrica de posesión, Aristóteles aduce
el ejemplo de la mano que es mano en un sentido pleno y verdaderamente
contundente en cuanto está unida al ser humano al que sirve como
instrumento, mientras que cortada y separada del cuerpo, éste sigue con vida
y en su condición esencial (de cuerpo humano), y ella no. Lo mismo pasa,
dentro del esquema aristotélico, con el esclavo que, aunque distinto de su
amo, por su condición natural se encuentra inseparablemente ligado o remitido
a su dueño.4 Éste va a seguir siendo amo por su condición natural, aunque
carezca de esclavos. El esclavo, por el contrario, sin el amo ya no es nada.
Dice Aristóteles: "Por eso, el amo es dueño del esclavo, pero no le pertenece.
El esclavo, en cambio, no sólo es esclavo del amo, sino que le pertenece
enteramente" (1254a), de modo similar como la mano le pertenece al cuerpo.
Ahora bien, puede parecernos razonable que un instrumento reciba su cabal y
única definición y razón de ser del uso que otro haga de él.
Según Aristóteles, cada unión de elementos aptos para constituir un conjunto
y orientada hacia un fin o una autorrealización común, presupone una
jerarquización de dichos elementos constituyentes.
Dice literalmente: "En todo lo que consta de varios elementos, y llega a ser
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una unidad común, ya de elementos continuos o separados, aparece siempre
el [elemento] dominante y el dominado" (PoI 1254a). Esto se ve, de acuerdo
con Aristóteles, en los seres vivos, compuestos de alma (elemento dominante)
y cuerpo (elemento dominado), y en los seres inteligentes, en los que el
elemento racional domina los apetitos irracionales. Esto, por lo menos, según
el deber ser de las cosas. Existe, claro está, el caso inverso, o sea el caso de
un individuo dominado más por las inclinaciones corporales que por el alma y
sometido más a los apetitos que al dictamen de la razón; pero tal condición se
calificaría, como lo pone de relieve Aristóteles inmediatamente, de "disposición
vil y contra naturaleza", ya que semejante inversión, y también tan sólo la
igualación de la relación jerárquica de los elementos es perjudicial para la
finalidad común de todos en cuanto elementos del conjunto de la "unidad
común" (PoI 1254a).
Como para Aristóteles esta graduación jerárquica de elementos constituyentes
de una unidad común se da indiferentemente de la condición de elementos
continuos (como cuerpo y alma, hombre y mano) o separados (como hombre
y animal casero), el mismo esquema mantiene vigencia para las diferentes
uniones de elementos que constituyen las bestias y los hombres en una granja,
donde los seres humanos dominan a los animales; o el marido y la esposa en
la unión matrimonial; o el padre con los hijos en la unión familiar. De hecho,
en todas estas formas de constituir un conjunto, lo esencial es que el dominio
de ciertos elementos sobre otros esté orientado hacia una finalidad común y
que a la vez salgan ganando en algo todos los elementos integrantes. Así, los
humanos como elementos dominantes administran la granja de tal modo que
no sólo el conjunto de la estancia florezca económicamente, sino que también
a los animales se les brinde seguridad, salud, alimento, refugio, etc. En la
familia, los padres, dominando a los demás miembros de la familia, proveen
el fin común de procreación y digna convivencia, mientras que la prole saca
provecho de este dominio patriarcal en forma de tutela, educación, etc.
En este cuadro de superioridades e inferioridades naturales, traducidas a
diferentes formas de dominio dentro de un conjunto de elementos dispares y
naturalmente basadas en que salga ganando cada uno de estos elementos
por dominar o dejarse dominar, apuntando hacia un fin común orientado por
el provecho del conjunto, -en este sistema, digo, cabe también la doctrina
aristotélica del amo y del esclavo.
Según Aristóteles, el dominio del amo sobre el esclavo se sitúa metódicamente
entre el dominio del hombre sobre el animal doméstico, y el dominio del marido
sobre la mujer. Con los animales domésticos, el esclavo comparte la utilidad
para el amo, la constitución robusta del cuerpo y la necesidad de ser guiado
en sus trabajos por su incapacidad de autoiniciativa racional (PoI 1254b24ss).8
(Aristóteles define al esclavo y al animal doméstico como un instrumento
animado, o sea como un utensilio que de por sí no puede nada si no depende
del manejo por parte de otro que lo sepa usar para un fin determinado).
Con la mujer, el esclavo comparte la condición de ser humano, o sea de ser
incontestablemente racional, pero también, la natural falta de dominio sobre sí
mismo y la ineptitud para con la vida política (PoI 1255b20ss; a 29ss). El trato
que se le debe impartir al esclavo es, por ende, de dominio y de manejo como
instrumento de trabajo, y esto en forma de posesión asimétrica, como también
le corresponde a un animal doméstico. A diferencia de estos animales brutos,
sin embargo, en el mando al esclavo hay que tener en cuenta su condición de
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ser humano, o sea, de animal racional no bruto. Por ésta, el esclavo, al igual
que la mujer o los niños, puede ser partícipe de la razón de su amo (O de su
marido, padre, respectivamente), sin estar en pleno uso de esta razón señorial.
El esclavo, por orientación percibida o participada, o sea por inteligencia
y razón compartidas por parte de su amo, podrá escribir al dictado los
pensamientos del filósofo (lo que no puede hacer el animal bruto); pero, según
la doctrina expuesta aquí, difícilmente es imaginable que vaya a estar en
condiciones de concebir tales pensamientos por sí mismo.
Un breve resumen antes de proseguir. Según Aristóteles, el esclavo es
definido como un ser humano, que como instrumento animado forma parte de
la propiedad de otro ser humano. Más aún: el esclavo por esencia depende
de tal modo del amo que se le puede considerar " una parte del amo, una
especie de parte animada separada de su cuerpo" (Pol1255b11sq). Que
esta posesión asimétrica que el amo ejerce sobre el esclavo sea natural,
se desprende de dos consideraciones: en primer lugar, que conviviendo en
unión natural, ya sea a nivel doméstico o estatal, el dominio del amo sobre
el esclavo es de óptimo provecho para el conjunto que forman, como para
cada uno de los dos individualmente. Que el provecho para el esclavo se
puede dar solamente en una forma despótica de mando, no en una patriarcal
o política, ya que por naturaleza el esclavo, si bien se trata de un ser humano,
es incapaz de determinar su propia vida racionalmente, y depende para ello de
la participación de la razón. Aristóteles concreta, por tanto, que entre los seres
humanos, " para uno, es conveniente y justo ser esclavo, y para otro, dominar;
y uno debe obedecer y otro mandar con la autoridad de que la naturaleza le
dotó" (Pol1255b6ss). Por supuesto que tal aseveración ha sido impugnada
más de una vez en el transcurso de la historia. Los métodos de crítica han sido
muy diversos e ingeniosos a la vez, y tenían que serlo. Casi todas las críticas
filosóficas modernas, que se han pronunciado, comparten y se apoyan en la
observación de Montesquieu (en su Espíritu de las Leyes
XV 7) que Aristóteles no demuestra los principios que defiende sobre la
esclavitud (cf. Aristóteles 1988: 59, n. 48).10 Es decir, que la ontología de
amo y esclavo planteada por Aristóteles carece de causas explicativas, ya que
nunca rinde cuentas del por qué de tal significativa desigualdad de racionalidad
entre un grupo humano y otro, sin negarle, por otro lado, la humanidad, la
condición de ser racional, a ninguno de los dos.
La intención de Aristóteles, sin embargo, y también su forma de argumentar,
era otra. Como en la mayoría de sus problemas filosóficos, el discípulo de
Platón contempla más bien las causas finales de las cosas, ya que le parece
que sólo éstas brindan explicaciones plenamente satisfactorias. Un ejemplo: la
disposición natural de que los animales de presa tengan los ojos por delante
y juntos, y de que los animales de huida los tengan muy separados de ambos
lados, situados casi en las sienes de su cabeza, se explica mejor por el para
qué que por el por qué de tal disposición. Las fieras tienen los ojos adelante
y acercados para que puedan de este modo enfocar mejor posibles presas y
medir distancias; animales cuya supervivencia depende de poder fugarse a
tiempo, tienen los ojos bien separados a fin de que puedan cubrir un ángulo
de vista más extenso, óptimamente acercado, en lo posible, a los 360 grados,
para ininterrumpidamente rastrear su alrededor y percibir a sus enemigos. Las
disposiciones naturales están fundadas, por ende, en un fin que los determina
de tal modo que para entenderlas a cabalidad basta haber entendido su
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finalidad. En palabras de Platón: no entendemos las cosas al contemplar su
constitución física o material, sino al damos cuenta de que son como son,
justamente para que sean de la mejor manera posible.
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