Un viernes triste

Por alguna razón ha quedado en mi memoria ese viernes de junio, frío y lluvioso. Como si del principio de una novela barata se tratara, "era una noche fría y lluviosa", solo que no era de noche, por lo menos no todavía.
Ocupado como siempre, camino por Perón, entre Florida y Maipú, donde acostumbro ir a sacar fotocopias. Avanzo con paso firme y ligero por las calles angostas del microcentro porteño mientras esquivo gente. Veo vendedores ambulantes que se sientan por esas veredas a comer. Pibitos de empresas, cancheritos y con tarjetitas magneticas colgando, pero pocas cuadras caminadas en la vida. Y una mujer.

Se me ocurrió en ese momento, que era algo menor que yo. No podría decirlo con certeza.

Se retira del "Registro nacional de las personas" con una carpeta en la mano. Sin cuidarse de alguien que pudiese tropezar con ella, con la mirada perdida al frente, baja a la calle. De un arrebato arroja la carpeta al piso y se echa a llorar desconsoladamente, sentada sobre el escalón de sucio y gastado mármol marrón. Detrás de ella sale un joven, de aproximadamente su misma edad, empujando un cochecito de bebe. De inmediato pienso que ellos son pareja y el del cochecito es su hijo. Ella llora con las manos tapándose la cara, una al lado de la otra y tomando grandes cantidades de aire por la boca, que exhala entrecortadamente. El la mira con cara de tristeza, pero creo que no siente la tristeza de ella. El esta así por otra cosa, tal vez porque no hay nada que pueda hacer para consolarla. Abre el paraguas y se queda sujetándolo por encima de la cabeza de ella, al mismo tiempo, empuja el cochecito hacia la suerte de refugio, mientras el se moja.

Ya saque las fotocopias y voy para la compañía a solucionar algunos asuntos, que al final no se solucionan. Solo se demoran mas. Ya no tengo razones para volver a la oficina, pero igual vuelvo, invento una excusa y me voy antes.
Afuera sigue lluvioso y frió, estuvo así todo el día. Esa lluvia finita que cae sin cesar durante horas y horas. El viento la hace caer de costado y uno se moja, aunque lleve paraguas o camine bajo los toldos. Igual, no me importa mojarme.

Miré a mi izquierda para cruzar Rivadavia, rogando que algún conductor me deje pasar por esa senda sin semáforo.

Media cuadra mas allá, un hombre resbala y cae. Se rompe el pantalón a la altura de la rodilla. Sin enojarse, resignado, hace un gesto a la nada y sigue su marcha.
Yo continúo hasta la estación Perú.

Cuando empecé a viajar en subte a diario, muy poca gente subía al último vagón. Ahora son los más. El ultimo vagón, contra la ultima pared, ese es mi lugar.
Hay varios personajes que tienen la misma predilección que yo. Uno de ellos, es una mujer que viaja apoyada del otro lado de la puerta. Hace años que viajamos juntos, nunca nos hablamos. Me doy cuenta que ella me reconoce y me esquiva la vista. No me interesa ni su charla ni su compañía y creo que siente lo mismo por mi.
Otra persona que no me interesa es un hombre mayor que viaja parado en el medio del pasillo, entre las dos salidas. También me encuentro seguido con el, pero el da charla. Es un soberbio que se comporta como el dueño del vagon. Me gusta hacerlo enojar, ignorándolo.
Falta media hora para las seis y el subte esta lleno. No vamos apretados, pero esta lleno, a pesar de que a esta hora, generalmente se viaja mas tranquilo.
Entre la multitud diviso a otro hombre, un señor muy mayor que mira con esfuerzo por encima de la gente, a través de las ventanas de la puerta del vagón. Ve con mucha atención, sujetado con una mano, y resaltando el gesto de preocupación en su cara con la otra. Con el dedo índice doblado como un gancho sobre su boca, sus pupilas vienen y van sobre las paredes de las estaciones, para saber si ya llega a destino. Veo preocupación en su cara. A lo mejor, no sabe por donde va el tren. A lo mejor, se olvido donde debía bajar. Su mirada me hace pensar que quiere preguntarle a alguien en qué estación estamos, pero tiene miedo de quedar como un viejo inútil. Su cara de preocupación se incrementa, pero sigue con la mirada fija hacia afuera. Por el tiempo transcurrido, intuye que su estación esta cerca. Lo que más temía se cumplió, el hombre se pasó. Pudo vislumbrar el nombre de la estación que estaba buscando momentos después que el tren retomara su marcha. Pide permiso con voz baja y esquiva los cuerpos como si temiera molestar a alguien con su tacto. Se acomoda cerca de la puerta y se baja en Once.

La gran mayoría de los pasajeros del subte A desciende o asciende en Once. Para los demás, los que hacemos la totalidad del recorrido, es una alegría o un castigo. Ahora hay algunos asientos desocupados, pero prefiero seguir parado contra mi pared.

Con el tren casi vacío diviso otra mujer. Le calculo unos 25 o 26 años de edad, muy bella, arreglada para el trabajo de oficina. Viaja sin prestarle atención a nada en particular. Su vista se posa aquí y allá, a lo largo de todo el vagón y de las estaciones, como cualquier persona que mata el tiempo cuando viaja. Suena su celular, es un mensaje de texto. Lo mira, levanta la tapa y lo lee. Sigue hundida en sus pensamientos. De repente sus ojos se tornan húmedos y su cara enrojece, empieza a mirar a todos lados frenéticamente. Quiere bajarse ya, aunque no sea su parada, aunque el tren no esté en la estación, ella solo quiere bajarse. Se serena y vuelve a abrir el celular, tiene un momento de duda y relee el mensaje... La segunda lectura le afecta tanto como la primera. Una lágrima solitaria escapa y la limpia casi inmediatamente con su dedo índice. Sumida en sus pensamientos, queda. Con su cara roja y sus ojos húmedos, su mirada absorta en la ventana, queda... y yo, desde mi lugar, no puedo hacer nada más que mirarla.

4 comentarios:

Lisa dijo...

El último vagón es el mejor y, desde su lugar, mi querido, puede vislumbrar todo y a todos, es estratégico. Ahora que lo pienso, sinceramente añoro los viajes en el A, el crujir de la madera, la luz tenue color té con leche, los apagones de vez en cuando, la estación Perú en particular… pero usted ya sabe esto y más…
No me gusta la lluvia, me entristece, me apaga.
Saludos más que cordiales,
L.-

Thotila dijo...

Efectivamente, conocer esa y otras confidencias llena mi corazon de alborozo.
Viajar en ese tren es muy pintorezco, pero es altamente peligroso, el dia que agarre fuego no queda ni lorita ahi dentro.

Eugenia dijo...

Viajo en el A solo los martes para mis clases de teatro. Ese día me habían comunicado por mensaje que el mismo subte en el que estaba viajando había interrumpido el vuelo de una bandada de mariposas a toda velocidad y entonces quise bajarme...
Yo cómplice de esta atrocidad no podía ser, entiende?
Si usted me hubiera mirado, yo lo habría empujado a que se baje conmigo!!!

abrazo...

Thotila dijo...

Habria hecho falta mucho menos que un empujon para eso.
Estuve pensando un comentario mas agudo y eficiente, pero no se me ocurre ninguno, ando con mucho desgaste por estos dias.

saludos.