¡NO! te invito a mi fiesta de 15


Cerca de los 17 años yo estaba completamente jugado.  Psicólogos y sociólogos explican con sus palabras rimbimbantes que "Los rituales de iniciación, en la mayoría de las culturas, se dan al ingreso de la adultez.  Esto se debe que todos, en mayor o menor medida, durante esta etapa nos sentimos invencibles".  Si bien no soy el mas indicado para contradecirlos, soy lo suficientemente centrado para decir que cualquiera que sea mas inteligente que las cosas que analiza, debería dedicarse a otra cosa.
Ya no tenia amigos reales.  Esa gente que acompaña desde el primario o el jardín de infantes y que uno sabe que puede confiar.  Gente con la que se crece al lado, gente que nos ve entrar en distintas etapas y se nos asocian.  Ese tipo de gente no estaba mas conmigo, habían sido ahuyentados con mi comportamiento errático y mis nuevas amistades.
Los fines de semana se volvían monótonos.  Nuestras caras estaban marcadas bajo el rotulo de "personas no gratas" en la mayoría de los locales, por lo menos en los que valía la pena entrar, entonces decidimos expandir nuestros horizontes, buscar nuevas maneras de esparcimiento.  No puedo precisar si la idea fue mía o de otro, a lo mejor fue colectiva, pero surgió una noche que vimos un auto lujoso en cuyo interior la atmósfera de alegría y realización cobijaba a una adolescente de apenas 15 años.
Los pooles y bares de mala muerte no reunían las condiciones que necesitaba en esa época.  Todos nos miramos y supimos qué teníamos que hacer a partir de ahora, colarnos en fiestas de 15.
Varias veces lo hicimos, pero una de aquellas coladas fue tan épica que creo merece la pena ser contada.
Cerca de donde parábamos había un salón de fiestas.  El lugar sigue ubicado a pocas cuadras de San Pedrito y Ramón Falcón.  No fuimos ahí inmediatamente, como ya dije, era cerca de donde parábamos y no teníamos intención de cambiar de parada, por lo que en las inmediaciones nos portábamos mas o menos bien, pero esta vez fue distinto.
Por puro aburrimiento decidimos caer en esa fiesta en particular.  No era la gran cosa tampoco, comer y tomar gratis todo lo que se pudiera, tratar de conseguir alguna chica, robarse algo, a lo mejor un cenicero, una jarra o cualquier cosa.
La táctica de entrada era sencilla, nos acercábamos hasta la puerta charlando y riendo entre nosotros, la clave era no detenerse, seguir avanzando.  Si había alguien cuidando uno se pararía a hablarle y los demás seguiríamos como si nada.  Una vez adentro pedir sillas y desparramarse por todo el salón.  El truco consistía en mezclarse con las multitudes.  Claro que esto era algo difícil debido a nuestro aspecto zaparrastroso que desentonaba con el del resto de los adolescentes engominados de traje y zapatos lustrados.
No puedo explicar bien que nos impulsaba.  Quizás la exhibición desmedida de derroche por parte de los festejantes.  Considerábamos insultante todo aquello, de alguna manera aleccionábamos al resto del mundo, hacíamos reconsiderar prioridades.  O podría ser simple envidia.
Habíamos entrado sin mayores dificultades, un cartel inmenso al fondo del salón ponía el nombre de la cumpleañera bien grande y nos avisaba a quien teníamos que saludar efusivamente.  En tropel fuimos y la abrazamos, alguno que otro le habrá tocado el culo, no se quedo muy contenta la chica.  Inmediatamente fuimos a increpar al discjokey para que sacara la marcha (en esa época estaba de moda la marcha) y pusiera algo de Sumo, luego seguimos con el plan de dispersión y emborrachamiento.
Mi amigo "Frogger", hombre de mataderos, persona que me hizo pie para entrar a "La banda de Varela", estaba obsesionado con las cerezas del lechón.  Un lechon hermoso, decorado con cientos de espaditas que a su vez portaban una cereza y un pedacito de ananá reservado tal vez para el final de la fiesta.  Una a una Frogger devoraba las frutitas como un ávido Pac-man.  Lo último que supe de Frogger, un par de años despues, era que estaba en la barra de Chicago.
Mas allá, dos amigos míos, El negro y Tate apuraban a un grupo de rugbiers quinceañeros.  El negro era petiso y flaco, no agarraba los chistes a la primera, pero era el primero un buscar mugre.  En la casa del negro no se comía todos los días.  La madre había fundado una cooperativa, no se de que.   La hermana mayor del negro era discapacitada (en todo caso, es discapacitada), no se bien que tenía.  Al negro le respetábamos la familia y de lo que el no quería hablar no se hablaba.  La hermana tenía los miembros atrofiados, andaba en silla de ruedas y no se podía desplazar sola.  Los 3 vivían con una pensión del gobierno en una casona antigua reformada y compartida con otras familias.
Tate era otro caso.  A el lo conocí después de entrar a la banda, el había entrado por su hermano.  El padre era encargado de un edificio y sus hijos no se podían quejar de nada.  Tate no tenia necesidad de estar en la banda (El Negro si y Frogger tambien), francamente yo tampoco.  Tal vez, ese punto en común hacía que no nos apreciáramos tanto entre nosotros.  En el fondo el y yo sabiamos que esa banda no era nuestra única alternativa, eran una especie de vacaciones raras,  las cuales estábamos dispuestos a alargar y aprovechar lo más posible.  No se que será de la vida de ninguno de ellos.
El gaita se estaba chamuyando a la novia de alguien, movimiento clásico de él, y los amigos de la cumpleañera, junto a su familia se estaban juntando para encararnos.  Mientras tanto, seguiamos tomando vino, cerveza, fernet y fumando.
A esta altura los recuerdos están borrosos.
Yo trataba de venderle armaditos a uno de los nenes.  Se que yo no tenía 17 todavía, estaba cerca, y los festejantes andaban por mi misma edad, pero para mi eran pendejitos.  Sentía gritos atrás mío que se escuchaban apenas por encima de la música pero no les prestaba atención.  Un brazo sale de algún lugar y se lleva a mi futuro cliente.  Una mano me agarra del cuello de la campera y al grito de -Acá hay otro! acá hay otro!- me da vuelta y me lleva cerca del "lechón 
a la cereza comida".
El padre y los tíos de la festejada encabezaban la turba.  La turba era como el pueblo furioso que sale a prender fuego el castillo de Frankenstein, y nosotros eramos el monstruo.
La mano que me tenía sujeta era de un mozo, al momento que me da vuelta, veo al Negro saltar y pegarle una patada en panza a un rugbier y a los amigos del rugbier que se tiraban sobre el Negro, Tate puteaba y amenazaba a todo el mundo con una botella y Frogger se abría paso a las trompadas.  Sin embargo nadie toco al padre de la mina ni a la familia.  Eramos desubicados pero no hijos de puta.
Al momento que estallo todo, sillas de plastico y copas empezaron a volar por el aire.  El mozo hizo ademan de sacarme a la calle y le pegue un codazo en la cara al tiempo que me zafaba de su mano.  El mozo cayó sobre lechón, volteo la mesa y cayó de cara al piso.  Al momento que golpeo el suelo le agarró un ataque de epilepsia.  Lo que mas recuerdo es ver al tipo tocar el piso con la cara, empezar a temblar y al instante tenía alrededor de la cabeza un charco de baba que crecía y crecía.  Encontré a ese charco fascinante.
Me gustaría decir que paso algo mas, pero no.  El ataque de epilepsia termino todo, la gente se quedó parada en silencio y mirando al atacado temblar y babear boca abajo.  Instintivamente y sin sacarle la vista de encima al mozo nosotros nos reunimos sin llamarnos ni mirarnos.  Agarramos todas las botellas que habían a nuestro alcance desde el charco de baba hasta la salida y nos fuimos.  Las chicas lloraban, y las mujeres también.  Todo el mundo miraba al caido temblar y babear boca abajo.  Todo sería silencio de no ser por la marcha que seguía sonando, en ese momento era "La cabra".  Cuando estaba por salir me increpa la cumpleañera, me agarra la campera y mientras lloraba me gritaba -¡Me arruinaron el cumpleaños! ¿Yo que les hice? ¡Me arruinaron el cumpleaños!.  Tenía el maquillaje chorreado, la cara hinchada, le colgaban los mocos y le temblaba la pera.  Me miraba fijo a los ojos, nunca me habían visto así.  Esa fiesta era lo mas importante que podía pasarle en la vida, por lo menos así lo creía ella en ese momento y a mi se me ocurrió que ese sentimiento (el de ella por la fiesta) estaba en algun lugar entre la tristeza y la estupides.  Me encogí de hombros, me di media vuelta y me fuí.

6 comentarios:

Gari V. dijo...

Vaya que se la armaron en grande a la pobre niña, le dieron algo para nunca olvidar, tal vez ahora se ría de ello, quien sabe. Yo alguna vez me cole en fiest d 15 años pero nosotros lo asíamos ya entrada la madrugada cuando no avía nadie vigilando y la gente ya estaba bebiendo y bailando, así nos ahorrábamos esos detallitos. Igual nunca me gustaron esas fiestas, sin embargo fui chambelán en un par de ellas. No es un recuerdo muy grato. Jeje.

Thotila dijo...

No me acuerdo exactamente la metodologia que usabamos, paso hace mas de 14 años esto. Me casi patente de los 6 a los 14, de los 15 a los 17 es algo confuso, de los 17 a los 20 mis memorias son pantallazos de formas y sensaciones, pero de los 20 para aca no tengo problemas.
La verdad son medio pateticos los cumpleaños de 15, viendolos desde el ahora. Lo mismo que los casamientos, pero que se yo, si a ellos les gusta y a mi no me duele...

Saludos.

Zeithgeist dijo...

Jamás fui a un cumpleaños de 15.
Ni festejé el mío.
No fui porque en mi curso era una tipa de cuidado que refregaba en la cara de toda mocosa que se me cruzara lo imbecil y deprimente que era su vida.
No festejé el mío porque me pareció que a nadie le iba a gustar ver una quinceañera que proclamaba que el mundo se iba al carajo y todos los invitados eran una sarta de desesperados por comida y bebida gratis.
En vez de eso, me fui a brasil.
=)

Thotila dijo...

Conozco minas que hicieron una fiesta comun en la casa y lo pasamos re-bien, aunque no creo que valga como anecdota je. Que se yo, hay maneras y maneras.
No me gusta Brasil.

Saludos

rocio dijo...

Se totalmente a lo quer te referís cuando decis que no tenías amigos reales. Hoy en d{ia es importante tener a esos amigos de toda la vida que uno sabe que puede confiar sin condiciones ni peros, no virtuales, no ficticios, sino los que realmente están ahí. Y obviamente son esos a los que uno quiere invitar a las fiestas, y si no están es un bajón. Recuerdo mi primer fiesta, estaba mirando un Salon capital federal y pensaba como se vería lleno de mis amigos de siempre, juro que se me cayó una lágrima!
Saaludos
Rochi

Thotila dijo...

Bueno, yo en esa epoca tenia un serio problema de drogas y alcochol. Los amigos esos a los que usted hace referencia, los fui perdiendo por mi propia estupidez, la mayoria. Las compañias que mas frecuentaba eran justamente, aquellas que vienen acompañadas de drogas y alcohol. Todavia no existia internet, pero es valida su analogia estimada.
Al final, hizo la fiesta o no ?

Saludos